Todo al blanco (y al negro)..

19 abr

A primera vista podríamos pensar que nuestra cámara digital es un instrumento listo, inteligente, capaz… Hace tantas cosas que parece el Sheldon Cooper de los electrodomésticos. Imaginaros a nuestra SLR riéndose burlonamente del MP3 mientras lo señala con el objetivo. Nada más lejos de la realidad: si por algo se caracteriza nuestra cámara es precisamente porque no es inteligente.

Un ejemplo lo encontramos a la hora de medir la exposición. Un fotógrafo novato podría pensar que sólo con darle al botón la cámara ya sabe qué relación de apertura y velocidad hay que poner en cualquier circunstancia. Pero nosotros, que ya vamos dejando atrás nuestros primeros pasos, podemos ir algo mas allá para descubrir que las cosas no son tan simples.

Lo primero que tenemos que saber es que hay dos maneras de medir la luz: de forma incidente y de forma reflejada. Las cámaras de fotos utilizan este segundo método, que como su nombre indica se basa en medir la cantidad de luz que refleja la escena que vamos a fotografiar para ofrecer una obturación y un diafragma determinados.

Pero no todas las escenas son iguales. Yéndonos a los extremos, es fácil adivinar que si estamos fotografiando -por ejemplo- un chaleco reflectante, éste reflejará mucha más luz que si fotografiamos un paisaje nocturno. Sin embargo, sí que hay un término medio calculado por gente muy lista. Son los que llegaron a la conclusión de que la escena ‘estándar’ refleja el 18% de la luz que recibe. Por eso se calibran las cámaras para ese porcentaje y también por eso la mayoría de las fotos que hacemos salen bien.

El problema es que no todas las escenas reflejan la misma cantidad de luz. Las escenas en las que predominan los blancos reflejan más luz, mientras que aquellas en las que predominan los tonos oscuros la reflejan menos. Un ejemplo bastante común ocurre en las fotografías de nieve. La nieve refleja mucha más luz de lo que sería normal. Pero eso la cámara no lo sabe, y gradúa la exposición como si se estuviera reflejando un 18%. El resultado inevitable es una foto oscura. Jon Ander, en la foto de arriba, nos ofrece un ejemplo interesante a este respecto. El sol directo combinado con la nieve engañan a a la cámara, y por eso la nieve sale ligeramente parda. No obstante, la imagen en este caso sale ganando.

En escenas con mayoría de negros ocurre lo contrario. La luz reflejada es menor del 18%, y la cámara, al no ser consciente de ello, ofrece una exposición que sobreexpone la fotografía. Echassi, abajo, nos presta un ejemplo de este suceso en su imagen ‘El bosque quemado’. ¿No se os hacen los arboles más grises que negros? Pues ahora sabéis el motivo.

En ambos casos la solución pasa por modificar a mano la exposición, generalmente aumentándola en uno o dos puntos en caso de escenas blancas y bajando uno en el caso de zonas oscuras. Es algo simple, pero que hay que tener siempre en cuenta, especialmente si queremos ser exigentes a la hora de afinar la exposición. No es lo mismo un retrato a un asiático blanco como un folio o que a un senegalés tan negro como la noche.

Y ahora, pregunta de nota: ¿Cómo exponemos una foto en la que hay muchos blancos y muchos negros, como por ejemplo la típica imagen del novio y su correspondiente novia el día de la boda? No es fácil. Por eso, quienes hacen fotografía de boda saben hacerlas.



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